Se abre el telón del primer acto. Los periodos iniciales son de aprendizaje inconciente. Primeras palabras, gestos y pasos. La niñez está cargada de situaciones, de traumas, de felicidades. Una mariposa puede provocar la mayor de las distracciones y una moneda es igual a un tesoro. Todo es relativamente feliz. La memoria surge de los más profundos mares dormidos y sin previo aviso. Allí te encariñas con tus abuelos quienes, a medida que uno crece, se van yendo.
La adolescencia, lejos de ser una etapa difícil, es el mejor momento: aparecen los encontronazos, los mejores amigos, las mejores amigas, las salidas, los baños de alcohol, las fiestas, la personalidad. Se viven relámpagos increíbles e inolvidables, otros que merecen ser enterrados. Más adelante la elección de la pala o el estudio, largos períodos de reflexión, equívocos, aciertos. Luego lo inevitable: la rutina.
Cada mañana el despertar para comenzar las actividades diarias: universidad, laburo, ensayo, gimnasio o las que sean. Más tarde, en general, el almuerzo y la continuación de la rutina. Cinco o seis de los siete días de la semana son exactamente iguales. Ya cuando es viernes o sábado a la noche, algunos deciden salir a comer, a bailar, al cine o a cualquier lugar que los distraiga de sus vidas. Los domingos son particularmente depresivos: está comprobado que la mayoría de los suicidios ocurren en esos días. Todo es aburrido e inerte. La mente sabe que 24 horas después comienza todo de nuevo y no logra distraerse, y como el domingo es un día en el que no se hace nada, el cerebro se agobia pensando en ello y, por lo tanto, se estresa más, preparándose para su regreso a la cotidianidad.
Así pasan las semanas, los meses, los años e incluso las décadas. Nacen hijos, se compran perros, casas, autos. De vez en cuando algunos se mudan o cambian de empleo, otros nunca trabajan. Los cumpleaños, aniversarios, fiestas, bautismos, casamientos, divorcios desfilan como un tren.
Llega la mediana edad y empieza a sentirse ese gusto melancólico que tantas veces se hizo presente. El jardín se convierte en el paraíso, las fotos son los mejores recuerdos, los nietos son la mayor demostración de que el mundo nunca se acaba, y la experiencia empieza a no servir de nada. Los vicios, las peores cárceles, si no murieron en el camino, acompañan por siempre.
Por ahí se asoma algún bisnieto. Ya nada es lo mismo. El solitario pasar del tiempo es el título del único cuento en pie. Tantas historias recientes que se empiezan a olvidar y otras, antiguas, que quedan plasmadas por toda la eternidad. El dolor de no haber podido hacer ciertas cosas y el gusto de haber hecho tantas otras. La necesidad de tener una máquina de tiempo es una utopía y el único viaje al pasado se realiza mediante una imagen amarilla.
Hasta que una mañana, una tarde o una noche sin previo aviso o, cargando una dura pena, llega el final. Así como todo comenzó, todo se terminó. Y con un millón de preguntas por contestar y con más dudas que certezas acerca de la vida, luego de haberla vivido, se cierra el telón del último acto.
Todo fue un flash, una prueba, un sueño o un ciclo. Se inicia la otra vida.


me senti muy identificado... genial la nota capo!
ResponderEliminarFiel pintura de una vida burguesa. Nuestros actos pueden ser más que los peldaños de una rutina. Las dudas nos impulsan a seguir existiendo. Creo que, aunque sea dificil, puede evitarse, o al menos, apaciguarse esa alienación. Por lo pronto no preocupamos por vivir, esa es nuestra máxima aspiración, y las más sublime también. Estas escribiendo muy bien capo, aunque no coparta del todo el eje de la nota!
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