martes, 8 de noviembre de 2011
Que jueguen y salgan
El fútbol es un juego, un pasatiempo, un hobbie, un trabajo para algunos, la oportunidad de soñar que se es Messi o Cristiano por un rato para otros, la chance de escaparte de la rutina, la excusa perfecta para no ver a tu novia o, simplemente, una pasión. Más allá de lo que este deporte sea para cada uno, no cabe duda de que genera alegría. La locura incondicional de un hincha que grita y alienta, ya sea frente al televisor o en una popular, es algo impresionante, pero se torna increíble e inentendible cuando esa euforia se convierte en estupidez.
El verdadero amor por la camiseta se va constituyendo a medida que los años pasan. Uno nace “hincha” de un club por su padre o por su abuelo, pero recién se lo agradece a una edad que ronda los veinte años. No importa cual sea ese equipo: Boca, River, Banfield, Central, Villa Dálmine o Sacachispas, no importa la categoría: la Primera, la B Nacional, la C, la D y mucho menos importan los títulos; la pasión por ver y jugar a la pelota es la misma. Sin embargo, la realidad es que una vez que el árbitro da el pitido final, el partido se acaba y la vida continúa. Se puede ganar, empatar o perder, hacer goles a favor, en contra, recibir goleadas, convertirlas, ser amonestados y hasta expulsados, pero, detrás de todo eso, existen vidas y no debe entrar en la cabeza de nadie la frase que obliga a dejarla en la cancha.
La locura con la que se entabla el fútbol en la Argentina condena a un pibe de 19 años que se resbaló y perdió una pelota importante. Si ese viernes o sábado el equipo de ese chico no ganó, la hinchada lo va a obligar directamente a no poder salir en la noche, porque claro, tuvo un error y debe pagar la condena, además ¿cómo va a salir?: es un jugador de fútbol, un producto, no un ser humano. Todo lo que hace el jugador debe ser para alegrar al espectador. Tiene que rendir al cien por ciento siempre y, como el hincha o el “barra” paga o roba una miserable entrada, tiene el derecho a insultarlo, denigrarlo, escupirlo y hasta de romperle la cabeza con una piedra.
Este tipo de actitudes deben comenzar a cambiarse. El muchacho encerrado, concentrado, entrenando todo el día es incapaz de ser feliz y de rendir bien. Las etapas no deben ser quemadas y él posee, al igual que el resto del mundo, el derecho de salir un fin de semana, no a emborracharse completamente y terminar tirado en una zanja, convirtiéndose en la tapa de todos los diarios amarillistas, sino a compartir un momento de distracción con sus amigos, a olvidar un poco la presión y, fundamentalmente, a divertirse.
Que el fútbol se viva como lo es: una de las cosas más lindas de la vida, que se deje atrás la idea de “ganar o morir”. Ya es hora de tomar una actitud tolerante para no manchar más a la pelota, porque una vez que la pelota está triste, el fútbol está triste.
jueves, 3 de noviembre de 2011
El acto
Se abre el telón del primer acto. Los periodos iniciales son de aprendizaje inconciente. Primeras palabras, gestos y pasos. La niñez está cargada de situaciones, de traumas, de felicidades. Una mariposa puede provocar la mayor de las distracciones y una moneda es igual a un tesoro. Todo es relativamente feliz. La memoria surge de los más profundos mares dormidos y sin previo aviso. Allí te encariñas con tus abuelos quienes, a medida que uno crece, se van yendo.
La adolescencia, lejos de ser una etapa difícil, es el mejor momento: aparecen los encontronazos, los mejores amigos, las mejores amigas, las salidas, los baños de alcohol, las fiestas, la personalidad. Se viven relámpagos increíbles e inolvidables, otros que merecen ser enterrados. Más adelante la elección de la pala o el estudio, largos períodos de reflexión, equívocos, aciertos. Luego lo inevitable: la rutina.
Cada mañana el despertar para comenzar las actividades diarias: universidad, laburo, ensayo, gimnasio o las que sean. Más tarde, en general, el almuerzo y la continuación de la rutina. Cinco o seis de los siete días de la semana son exactamente iguales. Ya cuando es viernes o sábado a la noche, algunos deciden salir a comer, a bailar, al cine o a cualquier lugar que los distraiga de sus vidas. Los domingos son particularmente depresivos: está comprobado que la mayoría de los suicidios ocurren en esos días. Todo es aburrido e inerte. La mente sabe que 24 horas después comienza todo de nuevo y no logra distraerse, y como el domingo es un día en el que no se hace nada, el cerebro se agobia pensando en ello y, por lo tanto, se estresa más, preparándose para su regreso a la cotidianidad.
Así pasan las semanas, los meses, los años e incluso las décadas. Nacen hijos, se compran perros, casas, autos. De vez en cuando algunos se mudan o cambian de empleo, otros nunca trabajan. Los cumpleaños, aniversarios, fiestas, bautismos, casamientos, divorcios desfilan como un tren.
Llega la mediana edad y empieza a sentirse ese gusto melancólico que tantas veces se hizo presente. El jardín se convierte en el paraíso, las fotos son los mejores recuerdos, los nietos son la mayor demostración de que el mundo nunca se acaba, y la experiencia empieza a no servir de nada. Los vicios, las peores cárceles, si no murieron en el camino, acompañan por siempre.
Por ahí se asoma algún bisnieto. Ya nada es lo mismo. El solitario pasar del tiempo es el título del único cuento en pie. Tantas historias recientes que se empiezan a olvidar y otras, antiguas, que quedan plasmadas por toda la eternidad. El dolor de no haber podido hacer ciertas cosas y el gusto de haber hecho tantas otras. La necesidad de tener una máquina de tiempo es una utopía y el único viaje al pasado se realiza mediante una imagen amarilla.
Hasta que una mañana, una tarde o una noche sin previo aviso o, cargando una dura pena, llega el final. Así como todo comenzó, todo se terminó. Y con un millón de preguntas por contestar y con más dudas que certezas acerca de la vida, luego de haberla vivido, se cierra el telón del último acto.
Todo fue un flash, una prueba, un sueño o un ciclo. Se inicia la otra vida.
La adolescencia, lejos de ser una etapa difícil, es el mejor momento: aparecen los encontronazos, los mejores amigos, las mejores amigas, las salidas, los baños de alcohol, las fiestas, la personalidad. Se viven relámpagos increíbles e inolvidables, otros que merecen ser enterrados. Más adelante la elección de la pala o el estudio, largos períodos de reflexión, equívocos, aciertos. Luego lo inevitable: la rutina.
Cada mañana el despertar para comenzar las actividades diarias: universidad, laburo, ensayo, gimnasio o las que sean. Más tarde, en general, el almuerzo y la continuación de la rutina. Cinco o seis de los siete días de la semana son exactamente iguales. Ya cuando es viernes o sábado a la noche, algunos deciden salir a comer, a bailar, al cine o a cualquier lugar que los distraiga de sus vidas. Los domingos son particularmente depresivos: está comprobado que la mayoría de los suicidios ocurren en esos días. Todo es aburrido e inerte. La mente sabe que 24 horas después comienza todo de nuevo y no logra distraerse, y como el domingo es un día en el que no se hace nada, el cerebro se agobia pensando en ello y, por lo tanto, se estresa más, preparándose para su regreso a la cotidianidad.
Así pasan las semanas, los meses, los años e incluso las décadas. Nacen hijos, se compran perros, casas, autos. De vez en cuando algunos se mudan o cambian de empleo, otros nunca trabajan. Los cumpleaños, aniversarios, fiestas, bautismos, casamientos, divorcios desfilan como un tren.
Llega la mediana edad y empieza a sentirse ese gusto melancólico que tantas veces se hizo presente. El jardín se convierte en el paraíso, las fotos son los mejores recuerdos, los nietos son la mayor demostración de que el mundo nunca se acaba, y la experiencia empieza a no servir de nada. Los vicios, las peores cárceles, si no murieron en el camino, acompañan por siempre.
Por ahí se asoma algún bisnieto. Ya nada es lo mismo. El solitario pasar del tiempo es el título del único cuento en pie. Tantas historias recientes que se empiezan a olvidar y otras, antiguas, que quedan plasmadas por toda la eternidad. El dolor de no haber podido hacer ciertas cosas y el gusto de haber hecho tantas otras. La necesidad de tener una máquina de tiempo es una utopía y el único viaje al pasado se realiza mediante una imagen amarilla.
Hasta que una mañana, una tarde o una noche sin previo aviso o, cargando una dura pena, llega el final. Así como todo comenzó, todo se terminó. Y con un millón de preguntas por contestar y con más dudas que certezas acerca de la vida, luego de haberla vivido, se cierra el telón del último acto.
Todo fue un flash, una prueba, un sueño o un ciclo. Se inicia la otra vida.
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